A simple vista, la kombucha es una formación de aspecto gelatinoso y color blanquecino que crece en la superficie del té endulzado con azúcar, cuando se le ha añadido la sustancia o sustancias necesarias para iniciar el proceso de fermentación un poco de té ya fermentado y/o un cultivo vivo y siempre que las condiciones ambientales sean propicias para su desarrollo. Aunque con frecuencia se le llama hongo, pues su aspecto y su textura le hacen parecerse a algunos hongos que crecen sobre el tronco de ciertos árboles, la kombucha no es un hongo, sino una colonia de bacterias y levadura que viven en una simbiosis perfecta y armónica. Inicialmente comienza siendo una película gelatinosa y transparente que pronto se va opacando por los bordes hasta llegar a cubrir toda la superficie del líquido, adquiriendo así una forma discoidal -si el recipiente es redondo- mientras tanto el té se va acidificando y su azúcar va siendo convertido en celulosa, originándose como subproductos de este proceso ciertos ácidos y ciertas enzimas que son los que le confieren al té ya fermentado su delicioso sabor y sus poderosos y saludables efectos.
Origen e historia de la Kombucha
Los orígenes de la kombucha son inciertos, aunque existen numerosas evidencias de que ha sido una bebida conocida y apreciada en muy diversos países, épocas y culturas. Según algunos autores (Frank), los primeros registros históricos que hacen referencia a la kombucha proceden de la dinastía Tsin, en el siglo III antes de nuestra era, época en la que era conocida como «El té divino» y «La medicina de la inmortalidad». Según R. Fasching, fue introducida en Japón en el siglo V a.C., por el coreano Dr. Kombu. Sin embargo, los alemanes Steiger y Steinegger sitúan su origen en la antigua Rusia. De cualquier modo, existen sobradas evidencias de que la kombucha era conocida hace ya más de 2.000 años tanto en Rusia como en China, Filipinas, la India, Java y Japón.